Yamandú Bermúdez

Yamandú nos envió su historia la cual fue publicada en “A tiempo” (Publicación del diario “El País”)

Esta es la historia de Yamandú…

-Mirá, ahí hay un señor que te está saludando. ¿Es tu abuelo? -No, es mi padre El diálogo, escuchado por el señor que saludaba, fue como una puñalada. Que las amigas de su hija lo confundieran con un abuelo le dolió. Es que sin pelo parecía más viejo. Yamandú Bermúdez ya no parece un abuelo. Tiene 48 años y es médico del Casmu. En 1991 descubrió su primer linfoma en una ingle y, en setiembre de 2002, apareció otro tumor. Él dice que ya aprendió a vivir enfermo, que es como vivir con una sombra. Para despejar dudas respecto al por qué de su enfermedad. Dice que tenía una muy buena vida de familia- y la sigue teniendo- con una esposa y dos hijas que ama. Que sí, que podría haber tenido algún episodio estresante durante el año anterior al descubrimiento del cáncer, pero no más que los que sufren otros que no se enferman. Para un médico, asumir el lugar de paciente no es fácil. El lugar de “el que protege” era de él e intentó “jorobar” lo menos posible a su familia. Su filosofía de “cuando-te-pasa-algo-lo-único-que-podés-hacer-es-hacer-lo-que-tenés-que-hacer”, le fue de mucha utilidad. Además su previa incursión en la acupuntura y más adelante en la homeopatía también influyeron. ¿Terapias alternativas? Todas. Desde consumir vitamina C en altas dosis hasta ingerir aloe. “Si me preguntan si tuvo o no incidencia en mi enfermedad, no sé. Porque recibí ambos tipos de tratamientos, así que no hay respuesta científica posible. Más allá de que tengan un efecto orgánico o no, hay un factor emocional que te lleva a necesitar otras cosas”. Cuando descubrió que tenía un linfoma No Hodgking un colega le dijo que tenía entre un 40 y 50 por ciento de chances de curarse. Bermúdez quedó “chocho”, tenía peores expectativas y hoy sostiene que cada uno es su propio cien por ciento. Para comenzar, tuvieron la clásica reunión familiar donde se intentó explicar claramente a dos niñas de 3 y 6 años lo que le pasaba a su padre. En principio no hubo muchas preguntas, pero a medida que pasaba el tiempo, que veían que su padre se ausentaba durante períodos prolongados, las inquietudes aumentaban. Siempre se intentó atenuar la realidad. Las visitas al sanatorio eran instancias de juego, donde las niñas jugaban a robarle la sopa a papá. La quimioterapia, “ese veneno que te dan hasta tal punto que mata a la enfermedad y no a uno”, fue tolerada moderadamente bien. También la radioterapia. Tanto que en el medio de tanta angustia llegó una alegría, otra niña. “Generar vida en ese preciso instante fue una lección”, recordó Bermúdez. Mientras tanto, el médico se protegió con un montón de ayuda externa. Fue a terapia y a cursos en Argentina con el doctor Carl Simonton, un médico radioncológico que elaboró un plan de salud para enfermos crónicos, específicamente de cáncer. El programa consiste en dividir la vida en capítulos para quitarle peso a la enfermedad. “Mandaba hacer una lista de 100 cosas que nos gustaban, cosas sencillas y realizables. Eso es como algo mágico, porque retomás cosas que habías abandonado. Hacer crucigramas, escuchar casetes de Landriscina, caminar debajo de la lluvia, cocinar, hacer chistes, contar cuentos, bañarme. Son infinitas esas cosas que ayudan a que cada día uno tenga ganas de hacer cosas que no tienen nada que ver con la enfermedad”. El programa también implica generar espacios donde poder hablar de cosas que angustian. En el caso de Bermúdez fue la terapia psicológica, pero se aclara que puede ser con un cura, la rueda de boliche o en la peluquería. También ayuda tener proyectos a corto, mediano y largo plazo. “Aunque sea el fin de semana ir al arbolito de la esquina a sentarse un rato a tomar el sol. Los proyectos son un motor de vida”. Y también están los métodos de visualización creativa que ayudan a imaginarse la curación. “Al principio me imaginaba luchadores de la antigüedad que iban viajando por mi organismo y haciendo pomada a los ganglios enfermos. Después encontré técnicas más armónicas, como darle luz a las zonas afectadas. Pero hubo una imagen que me acompañó para siempre. Me imaginaba en Cabo Polonio andando a caballo, uno que yo conozco desde adolescente, y arriba volaba un águila que me daba luz en las zonas afectadas. Esas imágenes nos acompañan en momentos de gran angustia como cuando estamos esperando un tratamiento, averiguando si hay cama para internarte ó esperando los resultados de un estudio de control”. También como médico, la vida de Bermúdez cambió. Ahora integra un grupo de personas que trabajan con personas enfermas de cáncer. “No compartir lo que aprendí en este proceso- vivir y disfrutar pese a la sombra- me parecería una crueldad”. Además de quimio y radioterapia, Bermúdez se sometió a un autotransplante de médula ósea.

El tratamiento comienza internado, con instalación quirúrgica de un circuito venoso con un cañito de entrada y otro de salida, conectado a venas subclaviculares por donde se harán diferentes procedimientos sin necesidad de estar pinchando venas del brazo repetidamente. Entonces se administra un medicamento que estimula a la médula- formadora de células sanguíneas- a que las libere antes de tiempo. Esas células inmaduras que potencialmente están preparadas para luego ser glóbulos rojos, blancos o plaquetas se integran al torrente sanguíneo. Con un aparato especial al cual va la sangre y luego vuelve al cuerpo, por centrifugación, se seleccionan específicamente esas células inmaduras y se las guarda en sacos congelados. Cuando ese tesoro celular está a buen recaudo, se comienza a realizar una quimioterapia feroz. Tan feroz, que la médula ósea no puede seguir formando células sanguíneas. Es entonces que se devuelve a la sangre las células inmaduras congeladas. Pese a su estado prematuro hacen un camino de vuelta a casa milagroso. Tienen la inteligencia de entrar al torrente sanguíneo, viajar y llegar al tejido de médula ósea atrofiado (no a otro lugar). Allí se instalan y regeneran el tejido haciendo que vuelva a existir médula ósea formadora de células. Luego de un aislamiento de casi un mes, quien pasó por todo este proceso de ciencia ficción, puede integrarse gradualmente a sus actividades.

La vuelta de la enfermedad hace dos años fue un golpe bajo, pero Bermúdez ya había aprendido la lección. Ya sabía que la vida es frágil y que hay que vivirla aquí y ahora. “Uno comprende que vamos por la vida como inmortales, haciéndonos los tontos porque en realidad somos todos mortales”. Para Bermúdez “no es nada simpático” esto de vivir enfermo, pero es consciente de que la vida tiene otro sabor desde que la asumió como parte de su vida. Y le gusta contar un cuento para ilustrar cómo es esto de sobrevivir a una enfermedad grave. “Había una vez un hombre que iba caminando por la selva y de repente ve un tigre. El tigre también lo ve a él. Se quedan mirando por un instante y el hombre comienza a correr. El tigre corre detrás de él. En determinado momento el hombre llega a un precipicio y no tiene más remedio que tirarse. Era eso o ser devorado por el tigre. Queda suspendido de una rama. El hombre mira para arriba y ve al tigre dando zarpazos, mira para abajo y no alcanza a ver el fin del abismo, a sus costados no había rocas de donde agarrarse. Comprende que va a morir. De pronto ve que al alcance de su mano hay un arbusto con moras. Son grandes y están maduras. Toma una y se la pone en la boca. Queda subyugado con ese sabor. Y se pone otra en la boca. Y otra. Y otra. Cada vez más enamorado de ese gusto.”

Y ahí termina el cuento.